Cuando solo consumes lo que necesitas el planeta revive

No dejo de pensar en las consecuencias medioambientales que está teniendo esta crisis.

Los pájaros cantan, aparecen animales salvajes en pleno centro de ciudad, la calidad del aire es mejor que en los últimos cien años y los ríos y canales recuperan un azul sano. Y todo esto porque faltamos nosotros. El mundo se para y la naturaleza revive.

Asomarme al balcón desde mi piso en el norte de Madrid capital y ver a lo sumo 4 coches por minuto, un cielo azul sin ninguna boina gris que lo recubra y surcado por pajarillos cantando a todas horas me provoca entre paz y desasosiego por lo atípico de la situación.

Pienso en que me da pena que Madrid vuelva a teñirse de gris y de ruido, por mucho que eso signifique que volvemos a la normalidad. Y pienso también que la normalidad no es sostenible, al menos no como la conocemos.

Uno de los cambios drásticos colaterales que ha traído el estado de alarma es que no podemos comprar más que lo necesario: los establecimientos físicos, a excepción de los supermercados y farmacias, permanecen cerrados. Las tiendas online siguen o intentan seguir activas, y aunque es posible comprar en ellas, nos vemos en la tesitura de preguntarnos si de verdad es ético movilizar la logística, tan necesaria en este momento para el abastecimiento de productos básicos, para nuestros simples caprichos, haciendo además que los trabajadores de dicha industria se expongan. Quedan descartadas por tanto la comida a domicilio y las compras por Internet, y en general todo aquello que no es estrictamente necesario.

Y así van pasando las semanas, y con cada día que pasamos encerrados parece que la ciudad está un poco más limpia y sana. Y nosotros, aunque encerrados, estamos bien: podemos adquirir todo aquello que necesitamos, lo que de verdad necesitamos. Resulta que todo lo que ahora no podemos consumir en realidad sobra, podemos vivir sin ello, y resulta que al prescindir de ello frenamos de raíz la contaminación de nuestras ciudades. Para reflexionar.

En la otra cara de la moneda tenemos el impacto laboral y económico que todo esto está teniendo: si no consumimos más que lo necesario, el mundo se va al garete. La naturaleza se salva, pero nosotros nos hundimos. Para reflexionar también.

Todo esto me produce sentimientos encontrados: intento alcanzar el equilibrio entre el consumo y el desperdicio. Pienso que ojalá cuando todo volviera a la normalidad todos consumiésemos de manera más responsable, apoyando a pequeños empresarios y proyectos que aporten valor, comprando más físicamente y menos por Internet para reducir la huella de carbono, reduciendo el uso de plástico asociado a nuestro consumo. ¿Lo conseguiremos una vez el ritmo vuelva a acelerarse y todos volvamos poco a poco al piloto automático o simplemente dejaremos de pensar en estas cosas y miraremos para otro lado?

 

 

Minimalismo mental: cuidar tu paz por encima de todo

Este atardecer del verano pasado, además de muchas ganas de volver a disfrutar del aire libre, me ha traído varias reflexiones.

Ya os he hablado de minimalismo en varias ocasiones en este rincón, y no será la última vez que retome el tema. Aunque en este caso voy a centrarme en el plano mental, que es realmente la aplicación más importante de esta filosofía.

El objetivo último de purgar tus pertenencias y deshacerte del ruido no tiene un fin estético ni superfluo, por mucho que esta sea una consecuencia: el objetivo es dejar hueco para la reflexión, para crear un espacio físico y mental en el que vivir con aquello que nos hace felices, aquello que conecta con lo que siempre hemos sido.

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En ese camino vas descubriendo todo aquello que necesita tener más cabida en tu vida, pero también todo aquello a lo que tienes que empezar a decir que no. Y conseguirlo es un proceso. Incluir el “no” en mi vida ha sido y seguirá siendo todo un reto, especialmente en el terreno laboral, donde es fácil dejarse llevar por lo que surge si tu estabilidad económica está en juego, aunque sea tu estabilidad mental la perjudicada con esas decisiones.

La imagen que da entrada a este texto la capturó mi compañero de aventuras en agosto, cuando los dos estábamos de vacaciones en el sur de España. No os podría explicar la paz que sentía en ese momento, paseando cerca del mar viendo cómo el atardecer daba paso a toda una gama de colores cálidos como aquella experiencia.

IMG-20190807-WA0028.jpgLo más especial y aterrador de las vacaciones es que paras, frenas en seco. El tan ansiado descanso llega para permitirte un alto en el camino, pero también te hace reencontrarte con tu verdadero yo: ese que no se define con etiquetas, ese que solo es. Y es en esos momentos en los que te das cuenta de lo que estás haciendo bien y mal, de lo que te hace feliz y lo que te hace alejarte de quien eres.

“¿Cuántas de las cosas que hago están alineadas conmigo y cuántas me hacen olvidarme y perderme poco a poco?” “¿Cómo ha ido este año?”. En mi caso hay veces que en estos momentos de parón, cuando vuelvo a reconectar, lo primero que pienso es “mierda, lo he vuelto a hacer”. Y es que nadie dijo que fuera fácil vivir cien por cien siguiendo tus normas, pero de lo que se trata es de progresar adecuadamente. Este año he dicho “no” más a menudo y he seguido mi instinto incluso cuando no tenía una respuesta clara, al menos no una que me dictase la mente y la lógica. Y aunque ciertos de esos noes ahora me hayan pasado factura, estoy convencida de que dentro de muy poco entenderé su porqué.

Estos días que estamos viviendo tienen mucho que ver con el atardecer de las fotos: ahora estamos todos viviendo un parón y es posible que traiga consigo ese momento “mierda” del que tanto os he hablado, pero no os preocupéis, si aparece es que estáis aprendiendo, y de eso se trata, todo es un proceso.

Seguiremos informando.

Armario cápsula de verano

¡Buenas y calurosas tardes! Escribo estas líneas desde mi sofá, minutos antes de salir a por las primeras y deseadas cañas del fin de semana. La verdad es que hoy el calor se está comportando algo mejor que días anteriores en Madrid, y puedo decir que no me estoy derritiendo, ¡algo es algo!

Hace unas semanas hice el cambio de armario, guardando toda la ropa de frío y sacando toda la ropa de verano. Personalmente, no cambio de armario con cada estación, sino que solamente lo hago dos veces al año: cuando las temperaturas empiezan a bajar mucho, y cuando llega el calor, independientemente del mes que sea.

Desde hace unos años compro bastante menos ropa y tengo un armario mucho más reducido de lo que solía ser, y me siento más cómoda que nunca, con prendas que sé que me encantan, que en su mayoría combinan entre sí y que me hacen sentir genial cuando las llevo puestas.

Cuanta menos ropa tengo, más me voy dando cuenta de lo que me gusta, en cuanto a colores, cortes, materiales… y podría decirse que el minimalismo aplicado en el armario me ha ayudado muchísimo a descubrir mi estilo.

La cápsula o pequeña colección de ropa que tengo en uso este verano la forman apenas 20 prendas. Hoy os muestro casi todas en esta entrada (salvo las que estaban en la lavadora, je).

Empiezo por las dos camisetas básicas que combino con shorts, faldas, y vaqueros, y que uso también en primavera o incluso en invierno, debajo de un jersey si es necesario.

Una blanca de algodón con un dibujo, muy básica, y otra gris con cuello en pico, lisa.

El gris es uno de mis colores fetiche, junto con el rojo, y en lo que a básicos se refiere, es mi color predilecto. En verano no lo uso tanto, pero en invierno mi armario está plagado de gris. Ahora en verano es el rojo el que inunda las perchas.

Faldas midi y shorts: seguimos con básicos y comodidad.

Unos shorts vaqueros creo que no faltan en el armario de nadie, ¿no? en mi caso tienen que ser de tiro alto, y conforme los voy reponiendo cuando se estropean, voy alternando entre shorts más cortos y shorts algo más largos.

Por otra parte, las faldas midi fueron un gran descubrimiento hará dos o tres años y desde entonces no me las quito. Mi favorita se estropeó y, dependiendo del año, no es fácil encontrar sustituta porque no siempre están en las tiendas y en segunda mano tampoco son tan habituales. Me encantan porque siguen siendo fresquitas y evitan que te de el sol tan directamente en las piernas, como también son una opción genial para las noches de verano cuando refresca. Esta beige la tenéis ahora mismo en Stradivarius y es comodísima, aunque si sois enanas como yo, os llegará por los tobillos.

Tops y blusas algo más de vestir. Siempre me gusta tener prendas de este tipo porque ayudan a dar ese toque más elegante en verano, cuando la ocasión lo requiere. Ya sea con falda larga o pantalón negro básico, son una prenda todoterreno que me encanta.

Y, para terminar, lo que acabo llevando el 80% de las ocasiones durante el verano… ¡vestidos! No lo puedo evitar, son mi punto débil. En concreto el rojo con estampado de pájaros fue todo un flechazo el verano pasado, en las rebajas de Mango. En general me gustan los cortes vintage, escotes en pico, y también me gusta tener alguna opción más arreglada para reuniones y eventos importantes.

Con estas quince prendas os podéis hacer una idea de la estructura de mi armario cápsula de verano, muy simple y reducido, que es lo que lo hace tan cómodo.

Completan la colección un peto de color menta, un vestido beige con lunares blancos y volantes, otro vestido beige estilo camisero con lunares marrones, y un vestido azul fluido con flores rosas y amarillas.

Como veis, una colección muy minimalista y que, aun así, no llego a utilizar al cien por cien. Como supongo que os pasará a muchas que me estéis leyendo, cada año mis gustos cambian, unos más y otros menos, pero siempre hay prendas que dejan de encajar conmigo, por eso una práctica que os recomiendo es que aprovechéis el momento de la retirada de la ropa de una estación concreta para deshaceros de esas prendas que no habéis usado. En ese momento tenéis fresco el recuerdo de aquello que os ha aportado valor y aquello que no, y creedme, si no lo habéis usado este año, por el motivo que sea, el año que viene va a seguir estorbando.

¿Y vosotras, también apostáis por la sencillez en  verano? Me encantaría descubrir vuestros gustos y ver vuestros armarios veraniegos. ¿Algún color o estampado predilecto? Contadme, pero eso sí, con una bebida bien fresquita de por medio, que el ordenador da mucho calor.

Me despido ya deseándoos buen fin de semana.

Seguiremos informando.

 

Journal: El tiempo entre facturas

Toc, toc… ¿Queda alguien ahí? *Asoma tímidamente la cabeza y entra como el que llega tarde a clase*. Ahora que lo menciono, la puntualidad nunca ha sido mi fuerte y en el instituto me costó más de un disgusto. ¿Soy la única?

No me puedo creer que esta sea la primera entrada de 2019 teniendo en cuenta que ya llevamos tres meses de año (WHAAAT). No tengo perdón. Pero supongo que la intención es lo que cuenta, y voy a intentar volver a este rincón con asiduidad como solía hacerlo, porque lo echo de menos.

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Foto random de Escocia para ponerle un poco de sol a esta entrada.

Hace ya un año que abrí este espacio, ¡un año! y recuerdo el subidón de los primeros meses, lo feliz que me hacía sentir compartir inquietudes por aquí, y sobre todo estar en contacto con las personas que he ido conociendo en el camino. Me inspiráis cada día y, aunque esté desaparecida, sigo pendiente de vuestras letras, aunque no tenga tiempo de participar activamente en vuestras comunidades.

La verdad es que esta entrada no va a tener ni pies ni cabeza, pero es que me parecía raro volver y meterme en faena directamente con una entrada de viajes o de cosmética natural, sin antes tener este tú a tú.

Como os conté dos entradas atrás, hace unos meses me lancé a la vida freelance (va a hacer seis meses ya desde que empezó todo, QUÉ). Ahora mido la vida en trimestres y mi tiempo pasa entre facturas. Ha sido “quite a ride”, como dirían en inglés. Ni tan guay como me esperaba, ni tan caótico como algunos decían. O las dos cosas, depende del momento.

La segunda mitad de octubre y el mes de noviembre los pasé calentando motores, buscando clientes, teniendo reuniones, solucionando papeleo… Afortunadamente me lancé a esto con muchísimas ganas y la mentalidad y energía que tuve en ese período me ayudó muchísimo a comenzar con éxito en mis primeros tímidos pasos.

En diciembre empecé oficialmente la actividad, con dos clientes grandes bajo el brazo que me aseguraban unos ingresos fijos mensuales (y que sigo manteniendo, afortunadamente) y trabajé muchísisisisisisimo. Los días antes de Navidad en muchos sectores se convierten en una especie de carrera porque de repente todo es urgente y todo se quiere dejar terminado, lo que para mí supuso muchos encargos extra y con ello, bastantes ingresos. Así que obviamente, me esforcé al máximo y lo di todo porque hay que aprovechar los momentos de actividad para luego ir tirando en los de vacas flacas.

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Esta de aquí me da mucha paz.

Llegó Navidad y me fui a mi tierra con la oficina a cuestas. Trabajé con menos intensidad, pero no paré salvo los días festivos. Después volví en enero y hasta hoy me parece que ha pasado todo en un flashazo. No sé por qué, pero ahora el tiempo se me pasa más rápido que antes si cabe.

Llevo también unos meses dedicando bastante tiempo a aprender a usar nuevos programas y herramientas y en general a formarme para poder crecer y ofrecer servicios más completos. En los momentos en los que me vienen las inseguridades y me invade el síndrome del impostor, intento recordar todas las cosas que he aprendido a hacer en los últimos meses yo sola, que no son pocas. Eso me hace sentir orgullosa. La verdad es que trabajando en plantilla me acomodé y no me apetecía nada formarme ni aprender cosas nuevas (no sé si alguien se sentirá identificado con esto), pero ahora vuelvo a tener ganas, y esa es muy buena señal. Sé que, aunque haya momentos duros, voy por buen camino.

Por fin me voy sintiendo más asentada en esta nueva vida, estoy empezando a relajarme (un poquito solo) y ahora solo me queda aprender a ser una persona de rutinas y dejar de quedarme varios días sin salir de casa por estar terminando un proyecto. No lo hagáis, niños.

La verdad es que trabajar desde casa ha resultado ser un arma de doble filo, porque cuando me acomodo demasiado puedo llegar a olvidarme de hacer vida fuera y eso me pasa muchísima factura mentalmente. He venido notando un desgaste emocional progresivo sin saber por qué, y hace poco empecé a entenderlo. Ahora estoy trabajando en ello. Es curioso cómo a veces somos nuestro peor enemigo y nos saboteamos sin darnos cuenta.

He empezado a dar tímidos pasos para organizar mi vida de nuevo, salir más, pasar más tiempo de calidad con mis seres queridos, planear fechas de vacaciones que impliquen parar de verdad, sin portátil a cuestas, y estoy en ello. Y otro de esos propósitos es volver por aquí para “desfogarme”.

¿Sabéis lo que ocurre? Como ahora mi trabajo es muy similar a esto, porque también paso mucho tiempo llevando redes sociales y redactando contenido, es un poco “en casa del herrero, cuchillo de palo”. Me he acostumbrado a tratar la creación de contenido con unos estándares y una metodología concreta, con calidad, y lo que menos me apetece es pasar por todo ese proceso también aquí, en mi hobby. Esto quiero que sea directo, sin filtros y algo rápido, que salga tal y como lo quiero expresar en el momento. Supongo que solo es cuestión de tiempo y de volver a acostumbrarme, la verdad es que lo echaba de menos.

¿Cómo habéis comenzado el año? ¿Algunos de vosotros trabajáis desde casa o estudiáis y os sentís identificados? Contadme.

Seguiremos informando (pronto).

5 hábitos sencillos para reducir el uso de plástico

2018 se va en pocas horas y la Fundación del Español Urgente lo despide con su palabra del año: microplástico.

Esta noticia probablemente no os pillará por sorpresa. A mí tampoco. Llevamos mucho tiempo bombardeados de (malas) noticias sobre el (mal) estado de nuestros océanos, que según pronostican los últimos estudios, tendrán más plástico que peces dentro de 30 años.

El abuso que hacemos del plástico hace que sea imposible deshacerse de él. El problema no es solo que sea un material que tarda mucho en descomponerse, si es que llega a hacerlo, sino que en nuestras manos pasa a veces menos de un minuto (pensad en todo lo que viene en envoltorio grande y dentro en envoltorios individuales, por ejemplo). Nos hemos acostumbrado a un material de usar y tirar que no necesitamos en el 80% de los casos y que sin embargo nunca abandona nuestro planeta. De hecho, ¿sabíais que todos y cada uno de los cepillos de dientes que habéis usado desde que nacisteis siguen en el planeta sin descomponerse? ¿O que una pajita desechada cuando Colón descubrió América se habría descompuesto el año pasado?

Pero no vengo aquí a señalar con el dedo. Yo uso plástico, mucho más del que me gustaría, pero menos que hace unos años. Como todos los que me leéis, a mí no me sobra el tiempo. Vivimos a un ritmo frenético y actividades cotidianas como hacer la compra deben ser fáciles y ágiles en nuestro día a día. Y el problema es que lo cómodo no es lo más ecológico.

Hay un límite en el que me planteo que no solo yo como ciudadana debería preocuparme e invertir tiempo en ello, sino que quizá lo lógico sería que fuera mi país quien me lo pusiera fácil. Porque incluso en una gran ciudad como Madrid, en la que todo está al alcance de la mano, si yo quisiera que el 100% de los productos que compro fueran zero waste, tendría que invertir tanto tiempo en desplazarme a los pocos establecimientos dedicados en exclusiva a ello que me pueden ofrecer todo lo que busco, como dinero extra en algunos casos.

Sin embargo con los años sí que he ido tomando ciertas medidas que todos podemos tomar y que no cuestan nada. Las comparto con vosotros:

-Tened en cuenta que el momento clave en cuanto a la reducción de plástico es la compra. Es el momento en el que decidimos qué entra en nuestra casa, la raíz del problema, cuando realmente podemos evitarlo.

-Siguiendo la idea del punto anterior, un cambio muy sencillo es elegir productos en tarro de cristal siempre que sea posible, frente a los envases en brick o las latas, por ejemplo. El tarro podemos reutilizarlo o, en caso de deshacernos de él, será más fácil de reciclar que el plástico.

En mi caso, siempre compro el tomate frito en tarro (además en tarro siempre encuentro tomate frito sin azúcar, mucho más saludable y sabroso).

-Acudid a mercados locales siempre que sea posible para comprar productos frescos. Las fruterías te ofrecen la posibilidad de usar tus propias bolsas sin usar plástico (especialmente si son pequeños puestos en mercados en los que te atiende el tendero). A la hora de comprar carne también podemos reducir algunos envases, incluso llevando tuppers. Además en los mercados es fácil encontrar productos a granel, sobre todo legumbres, con lo cual podemos llevar nuestros tarritos y llenarlos. De este modo hacemos gran parte de la compra en un mismo establecimiento, lo que es cómodo y no nos supone tiempo extra.

Los objetos de plástico que más contaminan son precisamente los menos necesarios: si dejáis de utilizar pajitas, botellas de agua de plástico, vasos y cubiertos de usar y tirar y bolsas de plástico, estaréis ayudando muchísimo. No se trata de querer cortar de raíz el problema y obsesionarse, sino de hacer lo que podamos. En este caso estos cambios cuentan mucho y no cuestan nada.

-Y como último consejo: cuando compréis algo que venga en envase de plástico, intentad coged siempre el tamaño más grande. De este modo el producto os durará más y no estaréis desechando plástico tan a menudo, lo que también marca una gran diferencia. Además, al coger un tamaño grande siempre ahorramos dinero.

Todos podemos hacer algo y hasta el acto más sencillo cuenta. ¿Qué vas a poner en práctica este año?

Feliz salida y entrada de año. Nos leemos.

Seguiremos informando.

Me contrato

Sí, después de unas semanas de adaptación a mi nueva realidad, que es justo de lo que os vengo a hablar ahora, he sacado por fin un ratillo para pasarme por aquí (ya casi se me había olvidado cómo se escribía).

Ya he hablado de ello por encima en mis redes sociales, pero el caso es… ¡que por fin soy freelance! Sí, me he lanzado a la piscina, he empezado mi propio proyecto por fin, después de más de cinco años con la idea rondándome la cabeza.

Desde que empecé a estudiar y fui descubriendo mi campo profesional, la traducción, supe que quería ser autónoma. No sabía cuándo ni cómo, pero sabía que era mi objetivo a largo plazo, ese horizonte que no pensaba perder de vista.

Y ahora ya es una realidad. La verdad es que no me lo creo… Los comienzos obviamente son duros, y conseguir una buena cartera de clientes lleva su tiempo, aunque por suerte mi recorrido en plantilla me ha ayudado en este proceso.

El camino que me ha traído hasta aquí ha sido tortuoso. Llevaba algo más de un año con un sentimiento constante de desmotivación, de no estar en el sitio adecuado. El que ha sido mi trabajo en los últimos dos años, pese a haber sido tremendamente enriquecedor en todos los aspectos, me ha absorbido hasta la última gota de energía. Un horario partido que no acaba nunca, miles de tareas que gestionar, y por un sueldo muy por debajo de lo que sería justo fue un cóctel radiactivo que fue acabando conmigo poco a poco. Y no paraba de pensar “tiene que haber otra manera”. Me desesperaba tener que estar de cuerpo presente en una oficina, físicamente, tantísimas horas al día, para hacer un trabajo que no requería de lo presencial en ningún momento. Me agotaba acabar haciendo más trabajo del que me correspondía porque no era capaz de ver cómo un proyecto perdía fuerza.

Pero claro. La comodidad del sueldo a final de mes. De las vacaciones pagadas. El esperar al momento perfecto para dar ese paso, con argumentos como “voy a ahorrar esto y entonces me lanzo”, “voy a esperar a aprender esto y entonces me lanzo”. Spoiler: nunca es el momento perfecto para lanzarse, nunca tienes la suficiente estabilidad económica ni te sientes lo suficientemente preparado, pero por una sencilla razón: cuando llegas a ese momento que te habías marcado como el adecuado para empezar algo, tú has evolucionado y quizá entonces tu concepto de sentirte preparado sea otro, más lejos, más adelante.

Es por eso que en cierto modo la situación se precipitara al recibir una noticia que no me esperaba, y tuviera que lanzarme al vacío. La verdad es que han sido unas semanas curiosas. No dejo de trabajar pero no me siento estresada como antes. De algún modo trabajar en mi propio proyecto me da una paz que nunca he conocido. Poder disfrutar de mi casa mientras trabajo hace que todo sea más llevadero y, aunque también hay aspectos complicados como buscar clientes, esperar correos, gestionar la incertidumbre… Supongo que tenía tantas ganas y tanta ilusión de que llegara esto que soy tremendamente feliz aun con los días malos.

Sed valientes y lanzaos a por ese sueño. Quizá no sea tan descabellado como pensáis. O quién sabe, a lo mejor ese sueño os está acechando y os alcanza antes de que vosotros os lancéis a por él.

Seguiremos informando.

Receta flash: El champú más fácil del mundo

¡Hola, hola! Con esta entrada inauguro la sección Recetas Flash, pensada para compartir recetas de cosmética casera en formato rápido y sencillo.

La primera receta es de champú líquido, el primer producto casero que elaboré y cuya fórmula me ha gustado tanto que la he repetido. Si tuviera que ponerle una pega es que queda completamente líquido, porque el tensioactivo que uso es líquido. A la próxima probaré con otro más espeso, porque por ahora mis intentos de espesar con agar-agar y otros métodos caseros no han dado buenos resultados.

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El champú que os traigo es a base de infusión de romero, y como aceite esencial he escogido la naranja, porque personalmente adoro la combinación herbal y cítrica, pero esto es a gusto del consumidor, y podéis escoger vuestra infusión favorita y vuestro aceite esencial predilecto.

Ingredientes:

-Romero

-Agua

-Aceite esencial de naranja

-Aceite esencial de romero

-Betaína (tensioactivo)

-Ácido cítrico (conservante)

-Vitamina E

-Colágeno marino

-Proteína de seda

-1 envase que te resulte cómodo (personalmente mis favoritos son los de jabón de manos, por el dispensador).

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Preparación (apenas 5 minutos y está chupado):

-Prepara la infusión de romero con antelación y déjala reposar unos 20 minutos.

-Cuélala y échala al envase hasta llenar ¾ del total de su capacidad.

-Añade el cuarto restante de betaína.

-Ahora es el turno de todo lo demás:

  • Añade unas 20 gotitas de aceites esenciales (en mi caso puse 15 de naranja y 5 de romero, porque el segundo tiene un aroma mucho más fuerte)
  • Añade los mejorantes (vitamina e, proteína de seda, colágeno). Si tienes jeringuilla, añade alrededor de 0.4 ml de vitamina e y proteína de seda, ya que son en formato líquido. El colágeno marino es polvo, añade una o dos puntitas de cuchillo.
  • Finalmente, añade una o dos puntitas de cuchillo de ácido cítrico, que ayudará a que el producto se conserve.

-Solo te queda agitar para que todo se integre y dejarlo enfriar en la nevera. Una vez frío, ¡listo para llevar a la ducha!

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¿Qué os ha parecido? ¡Es muy fácil! Prácticamente como cocinar, y no se tardan ni cinco minutos una vez tenemos la infusión lista.

Por supuesto, es una receta base totalmente customizable. Podéis cambiar la infusión por manzanilla, té verde, agua de rosas, agua de azahar… ¡lo que se os ocurra! Y utilizar el aceite esencial que más os guste o que tengáis a mano, también dependiendo de las necesidades de vuestro pelo.

Os cuento también que, una vez hecho, le medí el ph al champú y está perfecto, en un 5.5, con lo cual es ideal para uso habitual.

Como ya os comenté, podéis adquirir todos los ingredientes en Cosmética Natural Casera Shop, y los aceites esenciales también los tenéis en herbolarios y en Primor muy baratitos, los míos de hecho son todos de allí, de la marca Arganour.

Dentro de poco os traeré una “lista de la compra” con los productos básicos para empezar a trastear con la cosmética natural ¿Os parece buena idea?

Bueno, por hoy me despido. ¡Mil gracias por leer!

Seguiremos informando.